Cometas en el cielo se estrena mañana, y acá está el comentario del autor del libro.
Es un estreno de UIP
Una mañana fría de noviembre 2006 parado junto a mi padre vi un actor asomarse a través de unas puertas metálicas. Estábamos en la ciudad de Kashgar en el oeste de China en el foro de “Cometas en el Cielo,” la película de Marc Forster basada en la adaptación de David Benioff de mi primera novela. El actor era Khalid Abdalla, quien interpreta a Amir, el infalible personaje central acosado por la culpa en “Cometas en el Cielo.” Amir ha regresado a Kabul después de dos décadas de ausencia. Mientras estuvo lejos, las guerras azotaron Afganistán, un millón de personas murieron, muchos otros desaparecieron y el país cayó en manos del brutal régimen Talibán. Ahora, Amir ha regresado a casa para rescatar a un niño que no conoce pero también a exorcizar sus demonios personales y rescatarse a sí mismo, según su punto de vista, de una condena eterna.
Al mirar a Khalid Abdalla/Amir asomarse con tristeza a través de las puertas de la casa donde creció en los 1970s, sentí dentro de mí un eco extraño y desorientador. Al igual que Amir, yo también nací en Kabul a mediados de la década de los 1960s, viví allí durante los 1970s y vine al área de la Bahía de San Francisco a principios de los 1980s para empezar una vida nueva como inmigrante. Yo también estuve lejos mientras destruían Afganistán. Y como Amir, también regresé a Kabul como adulto para visitar la tierra que me vio nacer.
En marzo de 2003, después de haber terminado “Cometas en el Cielo” pero tres meses antes de su publicación, me encontré siguiendo los pasos de Amir, en un asiento de ventana en un Boeing 727 de Ariana Airlines que se dirigía hacia Kabul. La última vez que había visto Kabul, tenía once años de edad y era un flacucho estudiante de séptimo grado. Recuerdo mirar por la ventana, esperando ansiosamente que el avión atravesara las nubes para ver aparecer a Kabul debajo. Cuando sucedió, recordé una cuantas líneas de “Cometas en el Cielo” y súbitamente los pensamientos de Amir se convirtieron en míos: La afinidad que sentí de repente por la patria ancestral… me sorprendió… pensé que me había olvidado de esta tierra. Pero no fue así. Quizás Afganistán tampoco me había olvidado. Un viejo adagio dice que cuando escribimos, lo hacemos sobre las cosas que hemos vivido. Pero ahora es cuando yo iba a vivir lo que había escrito.
Dada esta circunstancia insólita, mi estancia de dos semanas en Kabul se tornó surrealista. Cada día, vi lugares y cosas que había visto meses antes con los ojos de Amir. Caminando por primera vez a lo largo de las conglomeradas calles de Kabul, me sentí entusiasmado, como Amir, con la sensación de venir al hogar de un viejo amigo. Pero, también como él, me sentí un turista en mi propio país. Ambos habíamos estado lejos demasiado tiempo. Ninguno de los dos había peleado en las guerras; ninguno de los dos había sangrado por el pueblo afgano. Yo había escrito sobre la sensación de culpabilidad de Amir. Ahora la sentía.
Muy pronto, la línea que dividía los recuerdos de Amir de los míos comenzó a borrarse. Amir había vivido mis remembranzas en las páginas de “Cometas en el Cielo.” En Kabul, descubrí que yo estaba viviendo las suyas. Cuando me llevaron a través de la avenida Jadeh-maywand, que una vez fuera hermosa y ahora la guerra había destruido, más allá de los edificios derrumbados, las pilas de deshechos y las paredes sin techo perforadas por las balas donde se refugian los pordioseros, recordé que allí mi padre compraba helado de agua de rosas a principios de los 1970s. Y recordé que Amir y Hassan, su fiel sirviente, solían comprarle cometas a un señor llamado Saifo en la misma calle. Me senté en los derruidos escalones del Cinema Park donde mi hermano y yo solíamos ver gratis películas en ruso sin doblar durante los inviernos y donde Amir y Hassan habían visto “Los Siete Magníficos,” su película favorita, no menos de trece veces. Con Amir, pasé junto a casas pequeñas llenas de humo donde nuestros padres, el Baba de Amir y el mío, solían llevarnos y hombres sudados cruzados de piernas sentados detrás de los fogones de carbón febrilmente movían brochetas chisporroteantes. Juntos contemplamos el cielo sobre los jardines del emperador Babor del siglo 16 y vimos una cometa flotando sobre la ciudad. Pensé en un día soleado de invierno en 1975, el día de la competencia de cometas. Ese fue el fatídico día en que a los doce años de edad, Amir traicionó a su querido amigo Hassan, el día que lo llevó de regreso años después a Afganistán en busca de la expiación a su flaqueza. Y mientras me sentaba en una banca en el Estadio Ghazi y miraba el desfile del día de Año Nuevo con miles de afganos, pensé cuando mi padre y yo vimos allí el juego de Buzkashi en 1973. Pero también pensé en Amir, quien había visto como el Talibán apedreaba a un par de adúlteros en el mismo estadio, una escena plasmada en la película de Marc Foster con brutalidad cruda y desnuda. Eso fue en el extremo sur de la portería, donde ahora un grupo de jóvenes ataviados con atuendos tradicionales bailaba en un círculo la clásica danza ‘atan.’
Pero quizás en ninguna parte la ficción y la realidad chocaron más vertiginosamente que cuando encontré la vieja casa de mi padre en el barrio Wazir Akbar Khan en que crecí en los 1970s. Me tomó tres días encontrarla. No tenía la dirección y el vecindario había cambiado drásticamente pero continué buscándola hasta que hasta que sobre unas puertas vi el arco que recordaba.
Me asomé por las puertas metálicas. En cierta forma, ya había estado allí anteriormente. Meses antes, estuve junto a Amir en las puertas de la casa de Baba, ahora dominada por los homicidas soldados del Talibán y sentí su pérdida. Lo había visto poner sus manos sobre las oxidadas barras de hierro y juntos habíamos mirado el techo tambaleante, las ventanas rotas y los despedazados peldaños de la entrada. Inquietantemente, la casa de mi padre se asemejaba a la vieja casa de Amir y Baba. Ella también era el retrato de un esplendor derruido. La pintura estaba desteñida, el césped marchito, los árboles habían desaparecido y las paredes estaban derruidas. Y lo mismo que Amir, quedé impresionado de lo pequeña que realmente era comparada con la imagen que había guardado tanto tiempo.
Y ahora heme aquí, tres años después, en un foro de filmación en China, viendo como Khalid Abdalla/Amir cruzaba esas puertas, uniendo mi pasado y mi presente, mi realidad y mi ficción. La tristeza, el paso del tiempo y la sensación de pérdida se materializaron en el rostro de Khalid Abdalla. Y nuevamente hicieron eco en mi mente. Yo había escrito esta escena, la había vivido y ahora veía como la actuaban frente a mis propios ojos.
Muy pronto, en las pantallas alrededor del mundo, millones de personas se asomarían junto a mí y Amir a través de esas puertas. Ellos sentirían su dolor. Lo que quizás no sabrían es que también estaban sintiendo la mía. Y en cierta forma, la de innumerables afganos que han visto su tierra natal arrasada.
Actualmente, Afganistán todavía intenta recuperarse de casi tres décadas de guerra, hambruna, sequía, masivos desplazamientos humanos y sufrimiento. No debemos permitir que sea olvidada. Creo que la película lírica de Marc Forster, adaptada con ternura y afecto por David Benioff, hará difícil que se olvide al pueblo afgano. La cinta de Marc da vida a los días más inocentes de la época pre-soviética, a la lucha de los inmigrantes afganos para sobrevivir en el exterior luego de perderlo todo y a la angustia interminable de aquellos que quedaron atrás y sufrieron en las manos de un régimen inclemente tras otro. Tengo la esperanza que este filme, en un momento en que Afganistán está desapareciendo nuevamente de los titulares de las noticias, lleve nuevamente la atención del mundo a mi terruño y a las necesidades de su vulnerable población.
